Los que nacimos con anterioridad a la década de los 70, todavía recordamos con cierta nostalgia aquellos placenteros momentos que nos hicieron pasar tres tipos ataviados con unas enormes y singulares batas de color…, bueno no sabría definirles muy bien el color, puesto que la televisión, como la mayoría de las cosas en aquella época, eran en riguroso blanco y negro. Pero al margen del tono de sus ropajes, aquellos tres personajes que respondían a los nombres de Gaby, Fofó y Miliki hicieron que tanto niños, como adultos, esbozáramos más de una sonrisa en un período de nuestra historia que, en la mayoría de las ocasiones, más nos valdría no recordar. Eran los tiempos de la dictadura, por suerte ya agonizante en aquellos años, los tiempos también de la gran crisis económica del 73 derivada del petróleo, y los años en los que el color gris (el de la policía, claro, denominada por aquel entonces “Policía Armada”) hacía que miles de estudiantes y trabajadores se mantuviesen físicamente en forma sin necesidad de acudir al gimnasio. Pero cuando alguna vez escuchamos de nuevo aquello de “había una vez…, un circo”, nos vienen a la memoria tan sólo recuerdos entrañables de aquella época, de nuestros padres y abuelos, y de todos esos buenos pasajes vividos en nuestra infancia o adolescencia. Es entonces cuando actúa nuestra memoria selectiva, haciéndonos recordar los instantes gozosos y relegando al cajón del olvido todas aquellas frustraciones que nos rodearon por aquel entonces.
Fueron, evidentemente, años duros y difíciles, y por supuesto nuestra querida ciudad, Castellón, tampoco se libró de la incongruencia y sinrazón de aquel tiempo. Sufrimos el desarrollismo de los 60, invadiendo nuestras calles con infinidad de mini-rascacielos que, junto a las antiguas casas y edificios de dos o tres plantas, simulaban la dentadura de un viejo de 90 años exhibiendo sus mellas y boquetes sin ningún tipo de rubor. Sustituimos bellos y emblemáticos edificios por enormes y modernas moles de hormigón como si todo lo viejo y antiguo fuese de mal gusto. No hay más que contemplar las antiguas fotografías de la Puerta del Sol o de la Plaza de la Paz, para comprender bien a las claras el “crimen urbanístico” que se cometió en aquellos años. Hasta tal punto se llegó que, según me comentó un amigo, Castellón tuvo el dudoso honor de ser ejemplo junto a Vigo, de todo aquello que un arquitecto no ha de hacer para así no cometer errores. Así es, Castellón se convirtió en un conglomerado de asfalto y hormigón, tan gris como la policía de aquella época. En mi infancia, tan sólo recuerdo tres plazas públicas dignas de mención: Fadrell, María Agustina y la plaza de La Paz. Eso sí, había una cosa que era la envidia de nuestros vecinos, y todavía hoy en día recuerdo cómo mis padres me decían que el parque Ribalta, “El Paseo”, era la gran debilidad de los valencianos. Valencia lo tenía casi todo, al igual que ahora, en eso no hemos cambiado, pero desde luego no tenía “El Paseo”. Y es que el Ribalta, para los “castelloneros”, es mucho más que un simple parque. Forma ya parte de nuestras vidas, de nuestros recuerdos. Hemos jugado a la sombra de sus centenarios árboles, hemos alimentado a las palomas y a los patos, cuando los había, ante la atenta mirada de nuestros abuelos, y sentimos también en nuestro interior la magia que supone el primer beso, escondidos al refugio de sus sombras. Recordamos todavía los conciertos en el Templete, aquellos en los que hacíamos honor a nuestra corta edad, comiéndonos un limón frente a los músicos para provocar así una salivación exacerbada de los trompetistas y clarinetistas. Y de adultos, hemos llevado a nuestros hijos a recorrer sus dominios, ya no sólo por ellos, sino también por nosotros, pues “El Paseo” ya forma parte para siempre de nosotros, de nuestra propia alma. Sí, así es, en el fondo todas las ciudades tienen un alma, puesto que están habitadas por personas. Muy posiblemente el alma de Venecia sea la plaza de San Marcos, frente al Palacio Ducal y la Catedral de su mismo nombre; la de Atenas sea sus populosos barrios de Plaka y Monastikari, a los pies de la impresionante Acrópolis, pero con casi toda seguridad, y pienso que sin lugar a dudas, el alma de nuestro querido Castellón es, evidentemente, el encantador y mágico Paseo Ribalta.
Han pasado ya muchos años, y hoy en día los valencianos ya no envidian nuestro parque. Se han construido un bellísimo pulmón verde en el viejo cauce del río Turia, tienen además la Ciudad de las Ciencias, el Oceanográfico, el Palacio de la Música, un extraordinario “by pass” que bordea la ciudad, un nuevo circuito de Formula 1, han tenido la Copa América y un sinfín de cosas que más vale no seguir enumerando pues se nos pondrán todavía más los dientes largos. En cambio, ya ven, en Castellón no tenemos ni la circunvalación terminada, los antiguos terrenos por donde hace ya casi una década pasaba la vía férrea están esperando pacientemente a que alguien les haga caso para poder construir así un gran bulevar que pueda conectar nuestra ciudad de norte a sur (bueno…, evidentemente ese pequeño tramo frente a El Corte Inglés se hizo con la máxima celeridad), y ya veremos los años que tendremos que esperar para poder aprovechar, a pleno rendimiento, el nuevo vial que ha dejado la canalización del río Seco a su paso por la urbe. Pero no desesperen, no tendremos muchas zonas verdes (bueno, no voy a ser del todo malvado, no las tenemos siempre y cuando nos empeñemos en no considerar zonas verdes y de esparcimiento las rotondas), pero una cosa les puedo asegurar: creo que tenemos las aceras más bonitas de Europa. He tenido la suerte y el privilegio de visitar muchas ciudades, y he de decirles que así como Praga, París o Londres, por poner tan sólo algunos ejemplos, han regocijado mis pupilas por la infinidad de “zona boscosa” que inundan sus dominios, sin embargo muchas de sus aceras están hechas de hormigón, ¡y claro!, no comparen ustedes el hormigón con las bellísimas baldosas que cada día pisamos los castellonenses. En estas ciudades europeas, el visitante no tiene más remedio que mirar de frente o hacia arriba para admirar sus magníficos y centenarios edificios, o sus impresionantes y bien cuidados parques y jardines. ¡Pero que vayan con cuidado!, ya que si los visitantes de estas emblemáticas ciudades miran tan sólo hacia abajo, lo único que observarán sus inquietos ojos será el gris del hormigón, todo lo contrario que en nuestra ciudad, que para ver algo de reciente creación que valga la pena ser observado, casi la única opción es mirar hacia abajo y no levantar la vista, a menos que se pase junto a una verde y frondosa rotonda (¡ah!, y a pesar de lo que algunos quieran pensar mientras leen este artículo, en esta ocasión no estoy hablando de partidos políticos, sino de actitudes, puesto que en Valencia, al igual que aquí, si no me equivoco gobierna el mismo partido desde hace más de una década).
Pero no desesperen, que pronto habrá cambios. Dentro de poco, en la ecológica ciudad en la que las rotondas al parecer están consideradas zonas verdes, un ecológico tranvía atravesará, sin ningún tipo de pudor, nuestro parque, nuestro pulmón verde, en definitiva, nuestro querido Paseo Ribalta. La verdadera alma de nuestra ciudad quedará partida en dos, hecha añicos, a no ser que un milagro en forma de respuesta popular (la del pueblo me refiero), se eche pacíficamente a las calles para emular, más o menos como en los años 70, a aquellos jóvenes que invadieron la vía pública reclamando sus derechos y dignidad como personas, a pesar de los hombres de gris.
Pero si esto no sucede, posiblemente dentro de treinta años recordaremos con nostalgia nuestro “Paseo” como hoy en día recordamos a aquel circo de payasos televisivos, cambiando, evidentemente, el estribillo. Ya no diremos “había una vez…, un circo”, sino “había una vez…, un parque”.